La madre de Martina nos encargó un cuento para su hija. Martina está a punto de cumplir nueve años, y hace unos meses le pusieron ortodoncia para corregir su dentadura. Este hecho, según nos contó su madre, ha provocado que su hija esté notablemente más triste, que coma menos y que apenas tenga ganas de hacer planes con sus compañeros de clase. Así pues, este cuento tiene como principal objetivo, además de incentivar la imaginación de Martina, levantar su estado de ánimo.

 

Martina dice sí

1.

Martina despertó a las ocho, como todas las mañanas. No le costaba madrugar, pero lo que sí le molestaba era salir de la cama en invierno: odiaba el frío. Sin embargo, al abrir los ojos aquel día, no pensó en lo húmedas que iban a estar la ropa y las zapatillas para ir al colegio —todo ya preparado por ella misma sobre su escritorio, la noche anterior—. Tenía una sensación rara en el estómago, como si allí dentro hubiese algo… que no solía estar allí.

Una vez vestida y aseada, Martina bajó las escaleras, donde su madre la esperaba cada mañana con un vaso de leche —eso era lo único que tomaba Martina para desayunar— y un sándwich preparados sobre la mesa. Como la sensación rara en el estómago persistía, Martina había decidido no beber la leche y esperar hasta el almuerzo, ya en el colegio y durante el recreo, para probar el primer bocado del día.

Aunque la madre de Martina ya había aceptado hacía años que su hija no desayunase, cada mañana volvía a repetirle lo mismo —o algo parecido—, en tono de broma:

—Buenos días, cariño. ¿Qué te apetece desayunar hoy?

A esas alturas, Martina ya solo respondía con un Buenos días, Mamá acompañado de una sonrisa. Pero aquella mañana, cuando Martina entró a la cocina dispuesta a contarle a su madre lo de su estómago, la conversación fue distinta:

—Buenos días, cariño. ¿Te apetece probar algo del desayuno que he preparado para mí? —preguntó su madre.

—¡Sí! —respondió Martina, sorprendida de su propia respuesta.

En cuanto aquel salió de su boca, la extraña sensación desapareció de su estómago. Martina se quedó pasmada, ya que aquello no era lo que quería decir. Pero sus labios y su lengua parecían haber decidido ir por cuenta propia.

—¿Ah, sí? —dijo su madre continuando con el inocente juego, ya que pensaba, claro, que su hija bromeaba—. Ahí tienes pues, coge lo que quieras. Hay un huevo, galletas… ah, y queda algo de ensalada. ¿Zumo querrá la señorita?

—Sí —volvió a responder Martina.

Su madre levantó la cabeza del fregadero y la miró con una sonrisa.

—¿En serio? —dijo divertida, y se dirigió a la nevera a por la jarra.

Aunque no podía salir de su asombro, la sensación de alivio en el estómago de Martina la relajó bastante. Ahora que había descubierto qué era lo que ocupaba su barriga —y lo había dejado salir— la sentía vacía. Además, como no podía explicarle a su madre qué pasaba —solo a base de síes era complicado hacerse entender—, decidió sentarse a la mesa y comer algo.

Aparte del vaso de zumo, Martina bebió su acostumbrado vaso de leche y se comió el huevo, tres galletas y terminó la ensalada. Durante todo el tiempo que estuvo comiendo, su madre no le quitó ojo de encima; no daba crédito. Por su parte, Martina mantuvo la mirada fija en los alimentos que iba engullendo. Cuando terminó se levantó de la silla, miró a su madre y al reloj colgado en la cocina. ¡Se había hecho tarde y no iba a llegar a coger el autobús! Su madre se dio cuenta de la cara de susto de Martina y miró también hacia el reloj.

—¡Uy, se nos ha ido el santo al cielo! —exclamó, mientras metía el sándwich en la mochila de su hija y la iba empujando hacia la puerta. —Ale, ale, que si corres aún puedes cogerlo.

Así pues, Martina salió corriendo de casa hacia la parada. No estaba lejos, pero al parecer no era su día de suerte: cuando estaba a punto de llegar, vio el vehículo alejándose al final de la calle. Martina se paró en seco, algo desconsolada. Tenía dos opciones: o intentar alcanzar al autobús en la próxima parada, o continuar andando hasta el colegio. No tardó en decidir, pues se sentía con una fuerza inusual. De hecho, pensó, si arrancaba ya, corría lo suficiente y tomaba un atajo, podría llegar incluso antes que el bus. Este pequeño reto la entusiasmó y, sin darle más vueltas, retomó la carrera.  Aquella fue la primera de muchísimas, pues Martina no volvió a coger nunca el autobús para ir a clase.

 

2.

Tal y como había pronosticado, Martina llegó a la escuela antes que el bus. Antes de entrar al aula, pasó por los baños para lavarse la cara y arreglarse un poco el pelo. Estaba nerviosa, ya que intuía que su voz seguía en poder de los síes: no quería quedar en ridículo delante de sus profesores y amigos. Pero, por otra parte, se sentía más viva que nunca. Lejos de haberla agotado, la carrera le había sentado genial.

Durante las dos primeras horas de clase intentó pasar desapercibida. Sabía que el auténtico reto la esperaba durante el recreo: cómo pasar la media hora de descanso sin cruzar palabra alguna con sus compañeros. Así pues, cuando sonó la campana, Martina se hizo la remolona —guardando y volviendo a sacar libretas y bolis de la mochila— y se quedó en clase. Lo que Martina no sabía era que Joe hacía aquello cada día.

Joe era un introvertido compañero de clase al que todo el mundo consideraba raro. Apenas hablaba con nadie, no jugaba al fútbol y, para colmo, no era especialmente agraciado. Cuando el chico volvió a entrar en el aula —venía de comprar una chocolatina de la máquina, como cada día— se quedó mirando a Martina, entre sorprendido y extrañado, quien a su vez lo miró y bajó enseguida la cabeza.

Mientras desenvolvía su almuerzo y desde la esquina opuesta de la clase, Joe habló a Martina.

—¿Cómo es que no sales al patio? ¿Estás enferma?

Martina se encogió de hombros como única respuesta. Al escuchar la voz de Joe, calló en la cuenta de que nunca antes había tenido una conversación con él. Mientras su cabeza recopilaba datos sobre aquel extraño —y ahora inevitable— muchacho, Joe se acercó hasta quedar solo a un par de pupitres del de Martina.

—¿Te importa si me siento? —preguntó Joe, sentándose de cara hacia Martina sin esperar respuesta.

Martina volvió a encogerse de hombros.

—Si no te apetece hablar, dilo, ¿eh?

Hombros arriba de nuevo, lo que Joe interpretó como una respuesta afirmativa.

—Está bien si no me quieres contar qué te pasa. No es que no me importe, pero tampoco te voy a interrogar. Tus razones tendrás para haberte quedado hoy aquí…

Como Martina no lo interrumpía, Joe habló y habló. Le contó muchas cosas sobre sí mismo: de dónde venía y por qué se había mudado a aquella ciudad, la opinión que tenía de algunos profesores, sus hobbies, etc., e incluso confesó a su pasmada y única oyente que era muy consciente de la mala imagen que de él tenía el resto de compañeros.

Durante el monólogo, Martina fue relajándose, hasta el punto de olvidar por completo su problema. La forma de narrar de Joe era muy graciosa, pero sobre todo estaba sorprendida de lo enormemente distinta que era la vida de aquel chico si la comparaba con la suya. Aquel día Martina cayó en la cuenta de que lo considerado raro no era sinónimo de malo o desdeñable, sino más bien lo contrario: era sinónimo de interesante. En su percepción del mundo se había abierto una puerta que jamás se cerraría: la de la curiosidad.

Martina salió del embelesamiento cuando vio, por el rabillo del ojo y a través de una ventana, cómo sus compañeros empezaban a regresar hacia el edificio. Se irguió en la silla y su expresión se tornó seria. Joe lo notó y miró a su vez por la ventana.

—Vaya, ya casi es la hora —dijo, cambiando también él la expresión. Se puso rojo y agachó la cabeza—. Me ha gustado mucho hablar contigo… O, bueno, contarte yo cosas mías y ver que te interesan… ¿Te gustaría ir a los recreativos alguna tarde? No estoy intentando ligar ni nada de eso, solo…

Por el pasillo ya se escuchaba el sonido enmarañado de decenas de niños que se batían en retirada. A Martina le subieron los calores de sopetón ante la inesperada pregunta. Si volvía a encogerse de hombros, quizá Joe la interrogaría más, buscando una respuesta más clara… Y llegarían sus compañeros  y se encontrarían con la ridícula escena: Joe esperando una respuesta y ella roja y muda, casi sudando, sin poder articular palabra alguna. Así pues, Martina respondió:

—¡Sí! —dijo como desinflándose.

Ante aquella rotundidad, Joe levantó la cabeza, miró a Martina —que asentía con cara de circunstancias— y, sonriendo y a modo de celebración, hizo un par de ágiles pasos de baile al estilo de Michael Jackson. Martina, perpleja, no pudo evitar soltar una risotada.

 

3.

Martina pasó la tarde sola en casa, como de costumbre. Intentó distraerse leyendo y viendo la tele, pero seguía estando demasiado inquieta como para poder concentrarse. Hasta el momento había conseguido salir airosa, pero estaba convencida de que si el problema con el persistía, la cosa acabaría en catástrofe antes o después. La solución en la que pensó y que la tranquilizó era muy sencilla, tanto que se regañó por no haber dado antes con ella: cuando su madre regresara del trabajo, cogería una libreta y le describiría su problema.

Ya era de noche cuando Martina escuchó abrirse la puerta de casa. No quería asustar a su madre, por lo que había decidido esperar —al menos hasta que se duchara y se relajara un poco— antes de proceder.

Mientras la madre de Martina estaba en el baño, sonó el timbre de la puerta.

—¡Martina, abre! —gritó desde el piso de arriba—. ¡He pedido pizza para cenar!

Aquello no era buena señal: cuando su madre pedía pizza, casi siempre era porque quería hablarle de algo incómodo. Martina recogió el pedido, lo llevó a la cocina y se sentó a esperar. Estaba nerviosa.

A los quince minutos, su madre bajó tarareando una canción. Dio un beso a su hija en el cogote y, antes de sentarse a la mesa, comenzó a hablar:

—Cariño, ya hace más de un año que fuimos por última vez al dentista, ¿te acuerdas?

—Sí —respondió Martina, mientras la cara empezaba a ponérsele roja de la rabia y la impotencia.

—El Dr. Olmos dejó claro que, si no te ponías aparato, los dientes seguirían torciéndose y en unos años terminarían por molestarte al comer… ¿No crees que lo mejor sería ponértelo cuanto antes?

—Sí —volvió a responder Martina, ahora ya con el rostro prácticamente morado.

Su madre, incrédula ante la buena disposición de su hija, se sentó y comenzó a cortar la pizza.

—Genial entonces, porque pasado mañana tengo el día libre y podemos acercarnos a la clínica para hablar con él.

Martina, enfadada, cogió la libreta y el boli que tenía preparados y escribió: “No puedo decir que no”. Le mostró la frase a su madre y ésta, riendo, le respondió:

—Hija, claro que puedes decir que no, pero sabes que necesitas ponerte aparato antes o después.

Martina, ante su torpeza a la hora de explicarse, se enfadó todavía más. Volvió a coger la libreta: “No lo entiendes. Solo puedo decir , no me salen más palabras”. Su madre río de nuevo al leerlo:

—¡Vaya! ¡Pues entonces será que estás destinada a ponerte aparato! —dijo divertida.

Martina, airada, se levantó, subió corriendo a su cuarto y cerró con un portazo. No era la primera vez que su madre la veía reaccionar así: Martina odiaba aquel asunto del aparato —y todo lo relacionado con el dentista—, por lo que la mujer atribuyó el enfado de su hija, una vez más, a aquella cuestión.

Martina durmió profundamente. Había sido un día de emociones fuertes, agotador. Cuando despertó a la mañana siguiente, bajó a la cocina directamente. Allí la esperaba su madre, que la saludó con un Buenos días. Martina abrió la boca con temor…

—¡Buenos días! —respondió, sorprendiéndose y alegrándose hasta tal punto de su respuesta que pegó un pequeño brinco en el sitio.

 

4.

Así era como, después de muchos años, Martina seguía contando la historia de su ‘Día positivo’, como a ella le gustaba llamarlo. Aunque, eso sí, solo la contaba delante de personas con las que tenía la confianza suficiente, ya que sabía que nadie la creería jamás. De hecho, solo había una persona que no consideraba aquello un simple cuento de ficción: Joe. Aquel chico raro era ahora todo un hombretón, y solía estar entre los oyentes cuando Martina contaba la historia. No en vano, desde aquel mágico ‘Día positivo’, Joe y ella se habían hecho inseparables. Martina era la mejor amiga de Joe, y viceversa.

Durante su relato, Martina ilustraba la historia con mucha teatralidad y expresiones divertidas. Entre otros gestos y a modo de fehaciente prueba, Martina nunca olvidaba enseñar sus fortísimas y marcadas piernas —se había convertido en atleta profesional—, así como su perfecta y reluciente dentadura.  Que le creyesen o no era una cuestión que poco le preocupaba. Lo realmente importante era que siempre, sin excepción, conseguía que los que escuchaban, aunque ya hubiesen oído la historia más de una vez —como Joe—, rieran sin parar.

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