Este es un cuento escrito para Félix, de parte de su amiga Marta. Algunas de las indicaciones facilitadas por Marta para la confección del mismo han sido que Félix debe ser el protagonista, que tiene un perro (que debe estar presente en la historia) y que es alguien muy espiritual, bastante aficionado al Budismo (tema que saca a la primera de cambio en cualquier conversación y, a estas alturas, motivo de mofa para sus amigos). Además, Marta ha querido que prevalezca un tono cómico y picarón, a ser posible algo crítico con lo que ella llama las moderneces orientalistas de hoy, tales como la meditación, el yoga, etc.     

 

Animal de costumbres

Félix se detuvo al pie del camino cuando divisó el monasterio. Franquear la entrada al templo supondría el final de su largo peregrinaje. Llegado a este punto, solo había dos cosas que lo ataban al materialismo mundano: la ropa y el perro, ambas conservadas con cariño. Se despojó del andrajoso hábito. Se agachó y miró profundamente a Perro, fiel compañero de viaje, le cogió la cabeza y besó su hocico. Ahora fue Perro el que intensificó la mirada, como haciendo fuerza para contener algo: comprendía perfectamente. Perro bajó los ojos, lanzó un gemido apagado y comenzó a andar en dirección opuesta al monasterio.

Félix se desató las cómodas sandalias chinas y las dejó en tierra. Se irguió e inspiró hondo, mirando al frente. La claridad de mente y espíritu era absoluta. Ahora sí podía recorrer el trecho que distaba hasta su destino. Pero tan fija tenía la vista puesta en la estructura recortada en la falda de la montaña que, al ir a dar el primer paso, tropezó con una piedra y se torció aparatosamente el tobillo. Intentó incorporarse y retomar la marcha pero le fue imposible. Vaya, se dijo, justo en la recta final. Instintivamente miró hacia atrás y vio que una carreta se aproximaba. Los caminos de la naturaleza son inescrutables, pensó risueño. He aquí el motivo de que me haya lastimado: el Camino me indica que he de entrar al templo a bordo de este vehículo.

Cuando los dos búfalos que tiraban de la carreta estuvieron a la altura de Félix, el conductor saludó al peregrino y lo invitó a subir. Iba hacia el monasterio. La velocidad a la que avanzaba la carreta no excedía apenas la del paso humano. Félix no tuvo problemas para comunicarse con el lugareño, pues había aprendido el idioma local durante sus meses de atento peregrinaje por la zona. El carretero era el proveedor de los monjes, le hizo saber, y una vez al mes acudía al templo a hacer la entrega. Félix se interesó por el tipo de productos que pudieran necesitar los monjes. A decir verdad, no tenía ni idea de la relación que mantenían con el exterior.

—Échele un ojo a las cajas usted mismo —dijo el lugareño.

Félix, acomodado en la parte de atrás de la carreta, tenía las cajas al alcance de la mano. Abrió una apartando cuidadosamente la cinta adhesiva que unía las dos solapas de cartón.

—¿Coca-Colas? —dijo Félix, divertidamente sorprendido por el hallazgo.

—Sí, muchos monjes la prefieren al té.

Félix cerró la caja repleta de botellines de Coca-Cola. Con avivada inquietud abrió otra caja. Esta contenía multitud de dulces variados, sobre todo bollería y barritas de chocolate de distintos formatos.

—Son muy golosos ellos —dijo el lugareño volteado hacia atrás, disfrutando con las reacciones de Félix.

La siguiente caja que abrió el peregrino contenía revistas. Revistas porno. Cantidad de ellas. Sacó una y la levantó a la altura de sus ojos, pasando páginas, estupefacto. El campesino se carcajeó; estaba esperando ese momento. Félix sintió una sensación emerger desde sus profundidades, algo casi olvidado por su pulida mente: confusión. Hacía mucho tiempo desde la última vez que algo lo había turbado. Pese a ello, su espíritu flexible y tolerante diluyó el extraño sentimiento sin dificultad.

—Creí que me dirigía a un monasterio y no a un cuartel militar —dijo Félix, utilizando el humor para restablecer la serenidad.

—En realidad, las diferencias no son muy grandes —respondió el lugareño, todavía riendo. De hecho, los monjes cada vez incluyen en la lista de pedidos más videojuegos de guerra. Supongo que así mantienen intacta su filosofía de ‘no violencia’, canalizando virtualmente la agresividad.

—¿Videojuegos?

—Sí, otra de sus aficiones. Imagínese, con tanto tiempo libre.

Félix estaba asombrado. Sabía que la religión de aquellos monjes no tenía prohibición alguna, pero no esperaba que los estímulos exteriores hubieran penetrado tan notablemente en las costumbres del monasterio. Tendría que adaptarse, se dijo.

La carreta estaba a escasos cien metros del arco de piedra que constituía la entrada al recinto. No había puerta, símbolo de apertura y receptividad. De repente, Félix escuchó un sonido familiar: era Perro ladrando. Venía corriendo por el camino, tras la carreta. El lugareño detuvo a los búfalos. Perro llegó y de un salto subió al rústico vehículo. Félix, confundido —aunque contento a la vez­—, acarició a Perro, mientras este no escatimaba salivosos lametones. Estaba muy excitado. El lugareño, de nuevo volteado, los observaba.

—Parece que le cae usted bien al chucho.

Félix no dijo nada.

—Será un buen presagio que llegue con un perro. Los monjes se lo agradecerán.

La aparición de Perro tenía absorto a Félix. Escudriñaba en los ojos de su antiguo compañero.

—Ya sabe, por estas tierras no hay muchas mujeres —continuó el lugareño—. Y los monjes, como todos, tienen sus necesidades.

Félix levantó la cabeza y miró al hombre. Su ceño comenzaba a fruncirse contra su voluntad.

—Además, los perros también escasean desde hace tiempo —prosiguió el lugareño, reanudando la marcha—. Y los animales de ganadería son muy tercos, incluso peligrosos en ocasiones, diría yo. Con un perro es más fácil, sin duda. Y lo digo por experiencia.

La carreta ya estaba bajo el arco cuando Perro saltó y se introdujo en el recinto. Félix no hizo ademán de contenerlo, pero pidió al carretero que detuviese a los búfalos. El peregrino bajó torpemente ante la mirada intrigada del conductor. Félix, de nuevo en tierra, dio la espalda a los muros y se dirigió cojeando hasta el tronco de un árbol, justo al borde del sendero.

—¿Qué hace? ¿No viene? —preguntó el campesino.

—No, mejor le espero aquí.

El lugareño encogió los hombros y azuzó de nuevo a los búfalos, que avanzando ocultaron la carreta de la vista de Félix. El peregrino silbó y al instante vio a Perro salir disparado bajo el arco. Perro se echó junto a él, bajo la sombra del follaje. Félix enfocó la línea que acababan de recorrer. Era un gran trecho. Decidió que el conductor tardaría un rato en salir. No se le ocurrió que en el monasterio podrían curarle el tobillo. Esperaremos a la carreta, se dijo, seguro que no le importa llevarnos hasta el primer pueblo. Se dejó caer apoyándose en el tronco. Su rostro había recuperado la expresión apaciguada. Miró a Perro y, divertido, le dijo: ¡será por tiempo!