Julián se marcha de la empresa para la que lleva casi una década trabajando. Aunque es un texto de despedida, sus palabras contienen tanto cariño como una buena dosis de humor. Este es el discurso que dejará colgado en el tablón de la cocina de la oficina, a la vista de todos sus compañeros.

 

No lloréis por mí

Queridos compañeros:

Como la mayoría sabréis, este viernes será mi último día en la empresa. ¿El motivo? A mi mujer le han ofrecido un puesto imposible de rechazar lejos de Madrid y debemos mudarnos antes de que comience el próximo mes. Sí, me veo obligado a privaros de mi grata compañía y mi insustituible esfuerzo por causas de fuerza mayor. Así pues, y muy a mi pesar, digo adiós, con todas las lágrimas y pañuelos moqueados que ello conllevará.

Pero no quiero despedirme sin antes agradeceros, a todos sin excepción (sí, jefes incluidos), por el inmenso cariño y las buenas formas que siempre he recibido de vuestra parte. Sin vuestra compañía y esos ratos de café y cigarro, todo habría sido mucho más aburrido, mucho menos humano. Ha sido un privilegio y un placer compartir estos últimos diez años de mi vida con un equipo en el que siempre ha prevalecido el compañerismo y el buen rollo. Sé, como vosotros sabéis, que cuando no ha sido así no se ha debido a razones personales, sino a meras y anodinas cuestiones laborales. Espero que esta característica que tanto y tan bueno dice sobre esta compañía permanezca igual en el futuro. Dicho de otro modo, no os matéis ni matéis a ningún compañero, al menos no dentro de los límites del recinto en el que están ubicadas nuestras oficinas. Todo sea en nombre del buen gusto.

Y ahora sí, no os robo más tiempo (para que no se me culpe de que disminuye la producción, con tanta lectura y tanto lloriqueo). Os deseo lo mejor a todos, como decía, sin excepción (aunque a ti, Pepe, con un poco menos de entusiasmo). No lloréis por mí, pues marcho a otros mundos con inmensas maravillas aún por descubrir.

Os quiero, de corazón. Julián